Lo que cuesta escribir
Hay un capítulo en PRAXIS que me llevó semanas. No por su complejidad técnica. No porque no supiera qué decir. Sino porque cada vez que lo escribía, me estaba describiendo a mí mismo. Y eso no siempre es fácil.
Hablaba de equipos que dejan de sostener sus ideas cuando encuentran resistencia. De profesionales que ceden no por cobardía, sino porque su convicción ya no es profunda. De personas que dudan de su propia voz porque llevan demasiado tiempo delegando su pensamiento.
Y mientras escribía, me di cuenta de que no estaba señalando a otros. Estaba confesando.
El cambio silencioso
No sé exactamente cuándo ocurrió. No hubo un momento donde decidiera dejar de pensar por mí mismo. Fue más lento que eso. Más silencioso.
Empecé a consultar antes de reflexionar. A buscar una respuesta antes de formular bien la pregunta. A sentirme más cómodo refinando ideas ajenas que sosteniendo las propias. La inteligencia artificial tuvo algo que ver. No porque sea mala. Porque es cómoda. Y la comodidad, repetida, adormece músculos que no sabes que tienes hasta que intentas usarlos.
Y lo peor: no lo noté. Porque todo seguía funcionando. Los documentos salían. Las reuniones avanzaban. Las decisiones se tomaban. Desde fuera, nada había cambiado.
Pero por dentro, algo se había atrofiado.
La capacidad de empezar desde cero, sin un punto de partida dado. La capacidad de mirar dos opciones y saber —no creer, saber— cuál encaja mejor aquí y ahora. La capacidad de decir algo incómodo cuando callar sería más fácil.
Esas capacidades no se pierden de golpe. Se oxidan. Como un músico que deja de tocar. Como un escritor que deja de escribir. No olvidas cómo se hace; simplemente te vuelves más lento, menos seguro, menos tú.
Algo tan humano
Escribir ese capítulo me produjo algo que no anticipaba: culpa.
Culpa por haberme permitido olvidar algo tan humano. Algo tan mío. El pensamiento crítico no es una habilidad técnica. Es la forma en que me relaciono con el mundo. Es lo que me permite decir “esto no me convence” aunque todos asienten. Es lo que me permite sostener una idea aunque sea incómoda.
Y lo había dejado oxidar sin darme cuenta.
Lo más difícil de escribir no fue encontrar las palabras. Fue aceptar que hablaba de mí.
Por si te reconoces
No escribo esto para que sientas lástima. Ni para que pienses que tengo las respuestas.
Lo escribo porque sospecho que no soy el único.
Sospecho que hay más personas que sienten algo parecido. Que notan que algo ha cambiado en cómo piensan, en cómo trabajan, en cómo confían en su propia voz. Que no saben exactamente qué es, pero saben que antes era distinto.
Si te reconoces en esto, quiero que sepas una cosa: se puede volver.
No es fácil. Los primeros intentos se sienten torpes, lentos, peores que lo que el sistema habría producido. Pero esa torpeza es precisamente la señal de que algo se está reconstruyendo.
Volver
El músculo que dejó de usarse puede volver a usarse. La voz que dejó de hablar puede volver a hablar.
Solo hay que elegir la incomodidad del reaprendizaje sobre la comodidad de seguir como hasta ahora.
Escribir PRAXIS me enseñó muchas cosas sobre productos, sobre equipos, sobre tecnología. Pero lo más importante que me enseñó fue sobre mí.
Me enseñó que había delegado sin darme cuenta. Que había cruzado un umbral que ni siquiera sabía que existía. Y que volver requería algo que ningún sistema podía darme: la decisión de volver.
Ese capítulo me costó semanas. Pero necesitaba escribirlo.
No solo para el libro. Para mí.
Estas ideas forman parte de PRAXIS, un marco para diseñar productos con IA que respeten a las personas. Más en www.praxisbook.com
